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Gracias a Dios o a Fernando Torres

07/12/2019

La inmensa mayoría de los futbolistas tiene lujosos vehículos, casas que muy poca gente podría pagar, un salario anual que a cualquier mortal le valdría para jubilarse hoy mismo y una popularidad seguramente sobredimensionada.

Pero no todos los futbolistas son iguales.

Ni todas las aficiones los miran por igual.

Gracias a Dios. O a Fernando Torres.

La del Atlético de Madrid siente más la retirada de un jugador que ya no lleva su camiseta y que juega (jugaba) en Japón a 10.500 kilómetros de distancia (Torres) que el traspaso de su estrella campeona del mundo, esa que jamás anudó ningún amor platónico por más títulos que ganara (Griezmann).

Por cosas como ésta de la ligazón telúrica de la gente con Fernando, el fútbol -lo que tiene que ver la pertenencia, la lealtad y la infancia- sigue estando a salvo.

Los habrá que hayan ganado más títulos. Que sean mejores. Pero para muchos de nosotros, no es eso, no.

Es que seas de una zona fina de Chelsea, pero también te pongas pesado con que eres de Fuenlabrada. Es que en la vida te quieran aunque ya no metas los mismos goles. Es que, cuando eches la vista atrás, hayas hecho méritos para que los tuyos te celebren así, sin más: no por el cuánto, sino por el cómo. Es que recuerdes en público -tú que tienes altavoz- que ídolo «es esa madre con cinco hijos que se levanta a trabajar, y no yo». Es que ondees un estandarte del Atleti allí donde nadie se atreve, como en aquella fotografía de Rosenthal en la que cinco marines levantan la bandera estadounidense en Iwo Jima, que curiosamente está en Japón.

Han sido 18 años en los que has crecido, te has hecho mayor de edad, has cogido la maleta, has viajado, has regresado, te has vuelto a ir. Pero nunca, como pasa con la familia, te hemos sentido lejos.

El Atleti -llamemos el Atleti a sus gentes- lamenta la retirada definitiva de Torres como una suerte de muerte incruenta. Un mito es ese que cada cierto tiempo parece que se te muere pero no, incluso habiendo muerto de verdad.

La primera muerte del mito (la marcha a Inglaterra) se vivió como una necesidad, la segunda muerte del mito (la salida al Sagan Tosu) se sintió como un desencuentro y la tercera muerte (el harakiri japonés) se aplaude como un nacimiento.

Ya estamos un poco nerviosos en el andén de la estación, niño. Los de siempre, ya sabes. Saberte fuera de allí, Fernando, recogiendo tus cosas, nos acerca de nuevo.

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