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El turno de Riqui Puig

10/15/2020

Champions League - FC Barcelona Training

Riqui Puig es la última encarnación de la esencia de La Masia. Aquella que, hasta no hace tanto, personificaban jugadores de la talla de Xavi Hernández o Andrés Iniesta. Los bajitos, como les llamaron algunos buscando minimizar su talento, fueron determinantes no sólo en la época más exitosa del Barça, sino también en la de la Selección Española. Ahora ese peso recae sobre Puig. El joven centrocampista de Matadepera ya ha dejado destellos que recuerdan a sus predecesores. Y con la medular en cuadro el día más inoportuno, por las sanciones de Busquets y Vidal, y la rebeldía de Arthur, se perfila como importante en la sala de máquinas barcelonista para medirse al Nápoles en el que, además, será su debut en la Champions.

Gennaro Gattuso, actual técnico del Nápoles, ya se rindió a sus pies tras verlo en acción en un amistoso hace dos años, cuando dirigía al Milan. «Riqui Puig es un espectáculo. Ver a chicos que tienen todavía cara de niño tratar así el balón es algo que me maravilla. Veo que sienten el fútbol dentro y eso es algo parecido a la poesía», señaló entonces. Aquel día, el canterano, hoy de 20 años, firmó toda una exhibición, aunque el triunfo, por la mínima, se lo llevara el conjunto rossonero. A Kessié, que le sacaba prácticamente medio cuerpo tanto de alto como de ancho, lo desquició de tal manera que no pudo hacer más que abrazarlo como un oso para que dejara de marearlo en el centro del campo.

La imagen de Riqui Puig en sus primeros pasos con el Barça recordaba un poco a la de Xavi. Ambos parecían chavales a los que les habían dado una camiseta una o dos tallas más grande. Aunque, eso sí, a la hora de tocar el balón, eso se convertía en una anécdota. Para jugar bien al fútbol no hace falta ser un portento físico. Yendo mucho más atrás en el tiempo, cuando Pep Guardiola debutó en el primer equipo de la mano de Johan Cruyff, muchos defendían que debía ganar masa muscular. Lo veían demasiado enclenque. El holandés, en cambio, entendió que eso le había ayudado a forjar su mayor virtud. Para evitar el choque, debía pensar rápido a dónde quería enviar el balón y ejecutar su decisión a la máxima velocidad. Algo que también aprendió muy bien el de Terrassa. Y, ahora, el de Matadepera, que no alcanza el 1,70.

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